Cap. I
Me voy al patio, a cultivar mi papa plantada a desgana.
La planté porque estaba moribunda como tal y manifestaba brotar, tiraba tentáculos blancos como diciendo alguna cosa de vivir y la puse en un agua y más tarde en un barro cocido ventral y después a que se arregle entre pastos vastos al costado de un costal cerca de un alambre detrás del cual hay un mundo al que presumo en espejo disconforme y desafinado.
Qué se puede esperar de un vegetal gris: lo dejé, a que engorde si quiere, que repte, que ponga verdes si le gusta, que se multiplique, ya no es cosa mía...
Algo parecido hizo, y le tiré agua, a ver qué hacia, y puso verdes anchos y reptó. Yo no más por estar, que otra cosa iba a hacer.
Se embarazó de sí misma y se puso lustrosa, dejó que le cayeran nutrientes, abrió lo que parecieron brazos, se puso imperialista y pareció que hablara y me pareció que escuchase, que se envioletara, que dependiera mi zona lumbar de su devenir ya indetenible; heme aquí, yo, con manguera.
Reptó y reptó y tuvo hijes.
No la quise comer -me dio cosa- y le puse nombre, y a sus vástagos. Francisco le digo, por papa y porque a tonto no me gana nadie, aunque bien le veo femenina y férrea, y que alimentará a otros.
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La ciudad en la que vivo es la de mayor densidad de historiadores por m2 del país. Me atrevería a decir que del mundo.
Ya hemos hablado de esto, pero tiene lógica la repetición si de pasadofilia hablamos, y se escribe siempre en tiempo pasado.
Tanto es así que hay más testigos que acontecimientos. Esto me lleva a sospechar que muchos se inventan, para tener de qué hablar, y no hay dudas de que hasta los irrelevantes se relevan y asientan, con un fervor meticuloso que los insensibles no entendemos.
Así, hay al menos veinticinco versiones por cada hecho. Generalmente coincidentes, hay que decirlo, con matices a veces para que no sea tan poco novedoso lo que ya no lo era. He visto escenas de cruda contienda entre Capeletti, la Pelayo y Rossi por ver quién contaba primero y mejor una cosa. Lamento sumarme a la corte de recordadores con la infidencia, pero, ante todo, la memoria. Fue muy triste, no quisiera dar detalles. En un momento Luis cayó de panza, rodó y... Dejemos eso.
Cabe mencionar la presencia de Luca Prodan ante diez espectadores que atestiguan hoy 200 emocionados. No necesito demostrar que no estuve.
Dice Ella que la historiación es una forma refinada del chisme.
En este mismo momento en la ciudad está naciendo un profesor de Historia, un historiador, un cronista, un memorioso, un recopilador, otro nostálgico y un tío. A la epopeya te la debo.
Vista la incoincidencia entre contadores y cuentos, para mí es mentira que existió Batuke, y a eso de los 150 años se lo inventaron.
Revalidar un apellido perdido es una causa inviable e impotente -si nadie sabe ni le importa quién puta fue Abraham- pero entendible para un apiadado aunque no piadoso.
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La triste historia del artista romántico extemporáneo.
Ya de entrada entró desubicado en tiempo histórico, enarbolando sentimientos melancólicos desde hace rato en desuso y afectaba pérdida y desconcierto, también en desuso por naturales.
Se hacía el perdedor con gran éxito y poco esfuerzo pues su obra, como casi la de cualquiera, no pasaba la medianía, y si es que acaso llegaba.
Quiso morir joven, pero ya estaba grande, así que pospuso el efecto. Actuó de incomprendido por no asumir lo que era simple desinterés. Por otro lado bastante lógico: al mundo en general no le conmueve el individuo suelto ni su épica con estatura de chisme, para eso está la red.
En fin. Ahí andaba, como se ve, sin mucho futuro ni pasado.
Morirme así es un papelón, consideró, y se propuso entonces que no se mataría si no hasta que hiciese la gran obra.
La imaginó, la soñó, la corrigió y se puso manos a la obra. Dejó, incluso, relaciones, sustento vital y otras exigencias y no hubo otra cosa que su misión, cuyas premisas exigían ambas condiciones para que funcionen: la gran creación y morirse al toque, en ese orden. Imaginaba que le llorarían y le iban a pedir que volviera. Le puso violeta y anaranjado, que guardaba para ocasiones, la primoreó con negro.
En menos de dos lustros lo logró. A eso hay que decirlo.
Ahí estaba, refulgente, incomparable, insólita y única, su mejor obra, la gran obra. Todo estaba ahí: lo dicho y lo callado, la música del universo, el pensamiento humano, el completo registro de las emociones colectivas, la... Bueno, eso: cuando uno dice todo, dice todo. "De omni re scibili et quibusdam aliis" le puso de título, para que te des una idea.
Cumplida la primera premisa se impuso la segunda, la firma: automorirse.
Podés creer que se pega un tiro y no va que cae arriba del cuadro y lo rompe todo. Encima dejó al vecino sin internet, se ve que pateó algo.
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No, si cuando uno se divierte
Como no me estaba pasando nada que mereciera ser dicho me dije Voy a salir a que me pase algo, y salí. Salir se llama a desplazarse desde el lugar en que se esté.
Ya de entrada a cuadra y media de la zona de confort me percaté de que me faltaba el barbijo y tuve que volver. No deja de ser un evento, pero todavía de insuficiente porte para relato, así que no lo asenté.
Volví etcétera. Medio que me dio gana de quedarme, ya que estaba, vi el mate de refilón, pero me alenté y vuelta al vértigo.
Cinco cuadras y nada. En la séptima me ladraron dos barbillas y uno quiso el tobillo, y hubo un pequeño escandalete en el vecindario. Los barbillas no le ladran a nadie; a mí me viene a pasar. No me pareció suficiente aún para justificar la demora de un silencio confortable; persistí, y me estaba doliendo de este lado.
Antes por lo menos había gitanos, lamenté, ya cerca del Guarumba y asoleado en media res como un caramelo palitos de la selva, y nada. Di la vuelta para el lado de como quien se va para siempre y me perseguía un pensamiento con apellido del que estaba escapando e imágenes de fábula; quise no prestarles atención. Allá vendían naranjas envueltas en una media.
Si este no es el Tagüé, le pega en el palo, y doblé en sentido contrario. Recordé la última montaña que había subido y la imponencia del Pacífico, una arena morosa y medanales esteños, enumeré veces de felicidad, por hacer algo, minutos antes de que algo por fin sucediera, que no pudo ser contado.
A eso de las siete estaba de vuelta, casi como si nada, entre vencido y triunfante, con la cara de enojado que pone el sol cuando es de frente. Y así tantas aventuras.
Del libro No, si te contara, Editorial No, si te contara, 2021
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"Allá estará, jugando a la pelota cos sus amigos, que se fueron antes...".
Además del Vuela alto, que indicaría que el occiso sube, cuando claramente vimos que bajaba y que se le echó tierra, se le impone al ya no existente la tarea de seguir haciendo lo mismo que estaba haciendo. Por la eternidad. Menos infierno no es posible imaginar.
En los ratos libres, alumbrar desde un astro, como haciendo señales. De qué, dios lo sabe. Para qué, lo ignoro.
Las buenas voluntades son imprácticas.
Quedará en los buenos recuerdos... La ausencia queda.
Además de poco ambicioso, es tenebroso desearle repitencia a quien no está; es decir, a sí mismo.
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Hay que ser curioso -no puedo dejar de serlo- porque Dios puede estar en cualquier lado, y aparecérsenos, dijo el cineasta. Un cineasta, particularmente hambriento. Tal vez no son exactas las palabras, pero es lo que dijo, y no dijo más porque se estaba yendo. Parece que vio no sé qué cosa y ahí iba, como con una red de las que ya no existen detrás de mariposas que tampoco. Y vivir como si fuéramos inmortales, había dicho antes.
Como decir cualquiera dice, pero a algunos uno los escucha, por razones que no vienen al caso y no son obvias, pero sí simples.
Vivir como moribundos, dijo otra, queriendo decir lo mismo; en estado de despedida cotidiana. Tirando al oriente la idea: como si fuéramos a morir mañana. Y otro no dijo nada.
Terció un cuarto y cuarteó un quinto, que parecieron decir cosas irrelevantes. No me preguntes el género, que pudieron haber sido plantas o aire o color suelto acoplándose, pero hablaban.
Recordé al cineasta, sin embargo, y, no por inmortal sino por curioso, le puse al oído intención de boca tragando y de ojos que quisieran ser manos. Quise no pensar sino entender. Hubo en la palabra suelta cierta música y una danza en gesticular, lo inefable de estar despreocupado de sí. Hablar es distribuir entre graves, agudos e intermedios un viento. Lo eterno del evento igual a sí mismo y lo prolijamente casual de un entorno cómplice, que no omitía flores, esa categoría, ni algunas azúcares palatinas que evocaban a frambuesa y a vegetales menores.
Quise poner atención, pero la puse tanto que los sentidos se me vencieron por colapso, y aparecí detrás de sirenas, y me daban sales en la nariz con cierto fastidio.
Sos un boludo, dijo el cineasta, que llegaba, solidario; quién me quita lo bailado y no me estás ofreciendo novedad, dije yo, y era jueves, suponte, y de lo sucedido nada quedó inocente.
No te estoy contando gran cosa, es cierto, pero al cabo que ni quería.
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Mi padre era un fabulador.
No diría que mentiroso sino fabulador, aunque la mecánica sea la misma.
La fábula como sofisticación de la mentira o la mentira como atributo juguetón de la fábula. Para el caso da lo mismo, vistas las consecuencias de vivir. Y, al cabo, ¿contará uno su existencia ya muerto? No lo veo razonable ni práctico.
Decía de orígenes sirio libaneses, contaba de incomprobadas epopeyas militares, del cacique Pincén y mentó asados que no existieron y dijo de amores perdidos, uno solo de los cuales, el omitido, fue comprobado y más intenso que lo que una confesión puede soportar.
Que cruzó una frontera del ocre seco al verde lustroso buscando sol, que anduvo a caballo y que lo era, dijo que sabía de matemáticas y de geografía, que no fue ladrón no por noble sino por holgazán, recitó poemarios enteros, se fingió sabio y meticuloso. Será que mentía ese viejo. Tierno grandilocuente leonino solitario.
Le vi en la sombra mintiendo virtudes de los hijos, que me constan inventadas, le escuché decir que todo estaba bien, que hay que bailar como la música suena; sagaz y dadivoso le vi escondiendo dolores, no más que por mentir imaginando un mundo bueno y, por imaginar, hacerlo. desentendido de sí. Como quien estuviera en otra cosa, inventando. Le vi escondiendo afrentas que a cualquiera dolerían. Mentía que mentía.
Como no era mucho de sermonear sino en parábola y en implícitos, me dijo sin decir que no dijera nunca de lo evidente y lo cierto, que cacaree ganancias donde hay derrota y viceversa. No tuve una cosa ni la otra, con lo cual no supe qué hacer.
Sólo fue verdadero cuando dijo que se iría, y la demostración es que ya no estuvo. Capaz que en algo razón tuvo con lo de que lo que tenga que ser será de todos modos, por lo que se ve. Viejo fugaz; tuve suerte de conocerlo.
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No, lo que nos reímos
Ah, hoy es día capicúa, 12022021, con razón tantas cosas especiales; se nota algo distinto. Salió el sol a la 6.30 y hacía un poco de calor pero no tanto; después, cerca de las diez amagó con que llovía pero al final no llovió nada: unas gotas a las que se les podía poner nombre. No obstante quedó medio gris el cielo y una sensación de vieja casándose pero se acomodó después, y uno entre que colgaba y descolgaba las ropas entre bostezos y descargar el mate rascándose el costillar en el patio con desgana. Pensé en un gato. Medio que me peleé con una porque parece que... Bueno, no importa, ya está, uno no es rencoroso. No, no importa. Después anduvo un hermano y se comió no menos de seis fetas de mortadela con pan. Hablamos del asunto y otras cosas, poco. Casi más salgo pero me dio flojera, y ya era tarde, qué vas a andar, viste, uno se va quedando. Y bueno.
Si eso no es un portal cósmico abierto, decime qué: es demasiado evidente que somos seres de luz. El chakra de la coronilla sabés cómo se me puso, un chorro de plasma metafísico y pura conciencia.
En fin. Mañana será otro día, ya no tan mágico. Hay que esperar un año y diez días y se repite. Con este vértigo no sé si llego.
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Encuentro placer en ciertas cosas.
No voy a decir que en pequeñas cosas, pues que de ese decir el decir está plagado.
Hay, sí, claro, pequeñas, también medianas, de buen porte, gigantescas, en fin, lo que acontece a la formalidad del mundo con su diversidad. En cosas pongo a personas, a animales y a sucesos.
Las entro a enumerar, por ocio y para que no se me descuiden, y por si acaso mañana me muriera y a alguien le interesara saber lo que hoy no. Serían ponele las ocho.
Pongo: que esto, que lo otro, que lo de más allá. Sí, pero y esto? y agrego.
Se me va un cuaderno de tapa anaranjada en asentar, a birome. Ah pero no te olvides, y pongo más, y se me van siete cuadernos.
Entre la memoria y el deseo me volvieron loco, y seguí poniendo. Que la florcita semoviente de la bajada. que el olor de no se qué, que el sonido de entre metal y terciopelo de una hora determinada, que la voz de no sé quién. que el gusto de la frutilla si la toca quien no te dije, bueno, esas boludeces, y así, no terminaba más.
Si hasta la intrépida timidez del bicho bolita puse. Tres biromes me acabé y varios pliegos.
"Ah, pero que esto, que lo otro...?", la voz interna, y meta la muñeca a bailar. Tachones a rolete, ni hablar.
Ya medio que no me quedaba cosa por describir y, no me vas a creer, que, por tarde, va y me muero.
Péero, dije, e hice así con los brazos. Tenía que ser; uno tampoco es eterno.
Yo, por pasarme en asentar, no dije.
Al final nadie los leyó.
Y sí, un bodrio, claro, si con el silencio se entendía, Si lo existente no necesita ser descripto ni repetido. Creí que escribía en un tono distinto y nomás enumeraba.
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La que mató una mojarrita de un cascotazo
No me gusta jactarme, y menos de manera tan estrepitosamente retroactiva, pero la verdad es que a la Ale yo le enseñé a tirar piedras. Va ella a decir que no. Me señalo el pecho, aún de tamaño niño.
Ella no sabía: no sé si por ruda o por frágil apedreaba como quien tira flores o como si tuviera en la derecha la mano izquierda. Decidí dejar la risa, tan pequeña como ambos, y entrenarla en hombría. Debe haber sido al fondo izquierdo de la calle de delante de la cancha de Santa Rosa, donde había valles, hondonadas lunares y horizonte, y demandó no más que tres jornadas doradas, a la tarde. Capaz cuatro.
Me sentí henchido porque acabara siendo mejor que yo, pero entendí que no terminaba la cosa. Sutilmente ella me enseñó de cosas sutiles, que, por tirar piedras, no había visto e hizo que me enamorara de su presencia y de su no estar y de cómo el bicho bolita ejercía su oficio de rodar. Ya más vetusto y ocioso me puse a diferenciar banalidades de manera inútil: que esto es necesidad, que aquello es amor... bobadas improcedentes que el tam tam pericárdico tan claramente distingue.
El segundo paso era hacer patito con las piedras chatas, y la ocasión no se hizo esperar, esta vez por casualidad en el Tigüá.
A los pocos intentos, era experta en hacer que acaricien las toscas el agua y, por delicadeza, puse torpeza en dos ocasiones. Volaba la piedra marrón de chanfle horizontal hasta sumergirse. Se hizo precisa y aguda eh el arte de cascotear.
No va que una mojarra, alertada por el escándalo, se asoma y la Ale le da no sé si en la cabeza o en qué parte que parecía tanto panza cuanto pies y aquella, la mojarra, se ahoga, cerca de la barranca, quedando el pescado en posición de hacer la plancha.
Lo que lloró esa niña; lo culpable y vano que me sentí.
Por mí la hubiéramos comido, frita, pero no daba.
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Reconsiderando.
Es cierto que decir Hijo de puta o el más aceitado, pero peor, Hijo de mala madre, si uno lo piensa, no tiene una secuencia verbal ni moral ni simbólica lógica, pues que ataca a otra. A la madre del sujeto, que viene a ser sinónimo de puta, que, por puta, viene a ser hija del demonio. Y el... no se me ocurre cómo llamarle, queda indemne y sin ofensa y exculpado. O la.
Que nomás por ser hije carga con las consecuencias de aquella. Mujer-madre-puta, naturalmente, aunque ni haya parido.
Puedo entender eso.
Puedo entender también la hipocresía contenida en la glorificación de La mamma, que oculta un desprecio contenedor. No me cuesta.
No se me ocurre, sin embargo, un reemplazo, necesario, y con igual capacidad de herida semántica.
Hijo de shuta suena insuficiente, tanto cuanto acomodaticio cuanto tilingo y apropiador cultural.
Pero sobre todo insuficiente y blando. Decimelo y no me doy ni por enterado.
No hay hasta el momento una serie de vocablos que reemplace a la sonoridad de aquellas, que, por ello y no por literales, siguen siendo irremplazables y no se han inventado nuevas palabras para ofender, que es, al cabo, lo que uno busca cuando eso quiere, no edificar.
Dirá la lengua lo que tenga que decir.
Claro es que si la lengua no se resuelve es porque no se ha resuelto en el entendimiento.
Por lo pronto seguiremos puteando en modo clásico; si el precio es ser incorrecto pero la ganancia herir, se jusifica.
Se escuchan sugerencias de palabras para ofender que sean efectivas como un puñal en el hígado.
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Esta historia es para vos, me dijo alguien, que, si no se llamaba Luis, le pega en el palo, una semitarde cuasinoche, según recuerdo, en el patio de adelante. Quiero que la escribas.
Ya me relamía, imaginando y por dentro frotándome las manos, mas puse indiferencia gentil, no fuera cosa que mostrar excesivo interés espantara el impulso. La parsimonia prometía reparos, por lo cual hube de ser estratégico mostrándome distante.
Sería verano y debo haber sido más joven, pues que se impuso ritualizar y bebimos, no una sino hasta tres veces -y capaz más- mientras el suceso de relatar aconteció.
Ya en la vera de medianoche, cerca del nudo, los festejos alertaron a parte del vecindario, que prendió y apagó luces amonestando. Había grillos, así que, sí, sería verano.
Y esto y lo otro: los detalles avanzaron, y eran fascinantes y de difícil comparación con las cosas que uno vive, tan apocadas. Si mal no recuerdo, hasta reí con fortaleza y creo haberme agarrado la cabeza en un par de ocasiones. No me mesé los pelos por no tener.
La historia era incomparable, pero, como se vio, no inolvidable.
Che, los otros días me contaste la historia, le pregunté afirmando, y lo reconoció.
"Yo tampoco", también reconoció, cuando le confesé que el sucedido más impactante y rico que haya escuchado ya no estaba en mi memoria, que solamente guardaba la sensación.
Nos retiramos preocupados, haciendo promesas que nunca cumplimos luego.
Pensándolo bien, creo que a esta historia de una no historia ya la he contado. Ah, pero no sabés lo que era ese cuento.
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Mínimos gestos, allá por 1966 o 67, despertaron sospechas.
Descuidos borgeanos.
Una vez adivinó un escalón, otra dijo Fuera perro a un perro, otra esquivó un golpe.
Esta última fue la más... elocuente, si se quiere. Borges lo hubiese querido.
Y la menos azarosa, ya que el amague fue intencional, y parte de un plan urdido con finalidad de poner al descubierto al gran fabulador.
El fabulador esquivó la mímica del trompis, escapando con la mejilla de una parábola que no llegó a existir.
Los confabuladores se miraron: Lo hemos descubierto, se dijeron.
Conspiranoicos, les habían llamado; atrevidos, les habían dicho, y hasta de herejes fueron tratados, antes de aquel gesto del monarca del verbo hispano y universal, que, secretamente, se sonrojó. Vendría, pensaron, con este gesto la vindicación y la evidencia.
Grande sería su error, sus errores.
Era voz sotto vocce populi que el gran fabulador fingía invidencia con interesados financieros fines, cuales eran, los de cobrar pensión por discapacidad. Que en mucho superaba a la de ser inspector de gallinas o dirigir bibliotecas por los '60, y dedicarse a simpática y relajada holganza, escribiendo, mientras tanto, por detrás de sí.
Pero esta vez había sido descubierto. Lo tenemos, festejaron. Se acabó una mentira.
Hasta entonces se habían tejido hipótesis: que era la mamá que escribía, que Macedonio le urdía, que era hábil mecanógrafo...
Era él mismito nomás, y no más que por ambicioso de pensión y, ya que estaba, gloria, y porque era gustoso de alimentarse a diario.
Los conspiradores, de Montoneros, por haberlo descubierto, fueron descubiertos, y desterrados; llamados, una vez más, a la clandestinidad.
Había aún, por detrás, algo mucho más oscuro, si hasta se silenció que Kodama no era china, sino del noreste de Bolivia.
No continuará
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Me tocará en mi próxima vida ser millonario, saludable, hermoso y bueno, si no me equivoco ni saco mal las cuentas.
Además me confirmaron.
De pensarlo, un poco me angustia y otro tanto me amustia y espanta; quizás por apremiado, quizás por otras inquietudes acerca de las cuales no me corresponde versar. No quiero.
Tal vez por no querer, por no gustarme la idea.
Qué se yo, le estaba encontrando la vuelta y un poco me gusta lo dado.
No me inviten a ser otro ni me den cuerpo lindo pero inhóspito. Para qué.
No sé si me la podré aguantar; dudo de que querré a esa gente y a mí, con lo cual lo que es promesa parece amenaza.
Voy a pedir prórroga y, con algún argumento, apelar.
Déjeseme ser este que pude, les voy a decir.
Vamos a ver; capaz me estoy apurando por no quererme ir nunca, y eso que falta.
Ser eterno me habían prometido, pero si es así ni quiero, que perdiendo estoy bien y sé cómo manejarme.
Que te tocará ser feliz, me dicen. Áhaha, vos nomás sabés. Qué felicidad es esa, tan obvia. Dadme algo menos ordinario y estaré.
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Si no podés pagar las boletas hacé como yo, que dejé de tomar vacaciones..., responde negligentemente y con extraña jactancia un cabeza de globo a un cabeza de choripán que estaba comprensiblemente quejándose. Esto es, describiendo la indignidad económica de los tiempos actuales. Siguió un ratito más, antes de que lo putearan, con el previsible discurso de trajar y trajar y trajar y a mí nadie no (sic) me dio nada siempre trajé etc. Más bien el relato de una penuria sin costado bueno. Que se lo enseñó el papá que se lo enseño el abuelo que tampoco recibieron ventaja y nunca se quejaron. Dejando de lado la dudosa biografía de personas que conocemos y aún tomándola por cierta, a los que estamos de este lado de la grieta nos resulta inentendible e incompartible ese ideal de santidad laboral, esa voluntad de apocamiento de las posibilidades humanas, reduciendo la experiencia vital a nacer, trabajar y morirse, y entendiendo por trabajar a cualquier experiencia esforzada que nos dé algo de plata que se junte para que nuestros hijos puedan hacer lo mismo y así. Sin preguntar nada. Lo que podría ser un medio se hace un fin, un sentido. Cuesta ser empático con esos ideales, del mismo modo que les costará a ellos interpretar una vida que desde allá se ve como sin causa ni responsabilidad; suelta, sin ancla, vida de negros panza arriba. Que se rascan a su costa: no sabemos por qué, pero el holgazán es dado a rascarse, quizás por no encontrar actividad mejor en la cual invertir su tiempo. Como sabemos que no es así, que no hay nada que no demande trabajo,entendiendo a éste como una serie de esfuerzos dirigidos a un logro, nos esperanzamos en entender que lo que nos separa es el concepto y el monto. Te regalo el inmenso trabajo cotidiano que demanda la indigencia... Y te regalo el irrespeto de menospreciar el dolor ajeno. Para el cabeza de globo, el trabajo va de la mano con el displacer y contrariando a la natural disposición para algunas tareas: trabajar debe ser doloroso y vano; no en vano se lo ofrece como castigo. "Hacé como yo, que nunca disfruté" no parece ser una idea que entusiasme.
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La próxima vez que muerdas una mandarina
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La vida se alimenta de la muerte.
Eso no se cambia. Es estructural y no educativo ni volitivo.
O planta o animalito matás para vos vivir. A pelase.
Listo; sincerados y organizados en ese punto.
A los efectos de conciencia de matar o no, el alimento menos traumático seria el huevo, que, junto con la leche, propicia un intercambio funcional y sin dolor, con la naturaleza.
De ahí que la alimentación ovoláctea es la que quiere dios y no tanto vegetarianos como carnívoros, que son seres crueles y despiadados, y poco económicos en la tramitación de los bienes naturales. Les excita el sufrimiento.
Se sabe que si bien llora el corderito también se resiente la remolacha, que será muda pero tiene sentimientos y a su modo verbaliza.
Te comiste una remolacha que estaba en agonía, lejos de su tallo.
Y con brotes!: ->vástagos-vida futura-angelitos. Si la herviste, sos sádico; si no, también.
Lo menos que podés hacer es no predicar.
Lo máximo, evitar monsergas sentimentales.
Del libro Interpretación apócrifa de los evangelios apócrifos, Editorial Cururú caú
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Desde que tengo uso de la vida los intentos de sindicalizar o de alguna manera similar organizar a los artistas han terminado por disolverse.
Ni para escándalo sirvieron, salvo menores disputas para anécdotas muertas. Melancólicas escaramuzas de estilo "Que me dijo que le dije que entonces le dije que le dijo", que quedarán en bravatas alcohólicas a la vera de un borde.
Conclusiones habrá tantas cuanto analistas, y la mayoría acabarán cómodamente en coincidir en que el espíritu egoico de los pintamonas a todo consenso lo arruina. Cuánta injusticia.
No les quito cierta razón acerca de esos sacapecho engolados pero tampoco les doy tanta, aceptando que el Pero está lleno de matices, tanto desdeñados cuanto determinantes. Que se autoperciben machos y hembras alfa sin manada seguidora ni otro consenso que el propio es poco decir de lo posible y malhablar de lo real, opino, para empezar.
Me ha tocado participar de alguno de aquellos entuertos -en el mejor de los casos- o sínodos en el peor o meros asados en el más adecuado, y quedaron claras las conclusiones siguientes, de algo que no es tan simplón.
1- Hay los de un grupo que nos negamos a ser considerados trabajadores y otro que brega por ser reconocido como tal, con similar fervor. Y esa es sólo una grieta entre infinitas. En ambos casos por convicción ideológica.
En el primer caso no se intenta homenajear al ocio sino que
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En mi barrio había un señor al que, con toda naturalidad, se le nombraba Pijerto. Que Pijerto esto, que Pijerto lo otro, a la vuelta de lo de Pijerto, hoy Pijerto me contó que... Y así. No supe ni sé su nombre y, por suerte, nunca tuve que llamarlo. Creo que a esa altura ese nombre ya carecía de la malicia original: había quedado establecido para todos que era Pijerto. Para todos menos para el, que se llamaría de alguna manera según su creencia y no participaba del hecho.
Todos tenemos una identidad secreta en otros lados. Secreta para nosotros.
En algunos lugares están diciendo "Tu amigo", " La candidata", "El medio polvo", "La osa cariñosa" y todo lo que pequeños colectivos dispongan.
Un amigo me comenta algo de "La otra lagarta" y sé de quién habla -suponte que un viejo amor-, y así estará alguien nombrándonos por ahí.
Todos somos Pijerto.
Es bueno saberlo para no darse mucha importancia ni sorprenderse gravemente.
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El pavo impresumido.
Los pavos reales se pavoneaban ante las pavas. Los pavos eran verdaderos, sí, y las pavas también, mas no así tontas o al menos no tanto.
Pavoneaban los pavos sus oros y sus iris, a pecho abierto, con tal de enamorar a las pavas. Que no lo eran tanto pero tampoco tan poco y no tenían tanto por pavonear, grisáceo azuladas y pequeñas.
A un pavo medio vivo o medio cansado de estar ahí abriendo los brazos como lo que era, la situación le pareció injusta. Qué tenemos que andar mostrando, pensó y dijo, y éstas no hacen nada. Pavean y comen gusanos y vienen aquí a evaluarnos, ni que fuera uno un objeto en concurso mostrando dones, como un... Hizo silencio, y bajó los brazos el díscolo, ahora impavo, y se dejó ser oscuro y mustio. Más pequeño que todos los pavos y distinto a las pavas.
Quedó ahí, inadvertido entre tanto carnaval masculino, como una coma, picando cereal y pasto. Los otros meta purpurina y tranco largo.
A la pava le llamó la atención la modestia intrascendente, y cloqueo va, cloqueo viene, se enamoraron e hicieron un casal con cierta rapidez. Natural, pues que la vida del descendiente refinado del guajolote es breve y no termina bien. No conoce más gloria que comer granos e insectos y pavonearse cuando la primavera le manda.
Fueron felices un tiempo; la pava le quería porque era distinto y él por lo que fuera.
Como no hay historia de amor triunfadora ni en vida corta, un día el pavo menos real de los reales bostezó, y en el gesto de estirarse quedó al descubierto, que teína platas, espejos, cristales y cielos.
Todo se precipitó. Al final eras igual a todos, dijo la pava no presumida, y dio media vuelta y se fue para siempre. Se la vio en los últimos tiempos con un chajá. Este sí que es de un gris verdadero, comentaba a sus amigas, entre glugluteos felices, debajo del árbol donde la pájara pinta picaba una rama sentada en un verde limón.
Del libro Historias de naturaleza para niños tontos, Editorial Pájaro Punzó
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Triste epistoladura de un adiosamiento
Te voy poniendo en avisación de que me fui. Es para evitar sorpresaciones y reclamaduras incorrespondientes, con anacronicidad; una advertización a tiempo siempre será la mejor prevedura. Al menos esa es mi veedura.
Mi retiración, claro, da obedeceduría a raciociniamientos; no es la encaprichadura obstinaz de un ánima empenada por el despechamiento.
Nos hemos ido desapalabrando poco a poco, no sé cómo, y el no sabimiento o la ignoración nos corroyó, como hace el agua en su depositación constante. Ya desencostrados y desprovistos de malaquita -nos desmalaquitamos: recuerdo haber hecho la comentación en su momento-, fue la desnudación y el autodestierro. Descortezados vímonos no irisados sino nuclearmente tormentosos.
Verdaderosamente, no es que nos hayamos tanto desapalabrado cuanto que nos comportamos con verbosa contrariedad, negacionando las palabras originales, que quedaron en escondimiento: queriendo decir una, decíamos otra. Cuando bienmente nos entendiéramos con dos...
En fin, me ausencio. Qué digo: me ausencié ya. Qué digo: fue la alejadura nuestra condición, y no hubo ya, creo que nunca, disfrazación que nos suficiente.
Sabrán los astros si haya futuro reencontramiento; corresponde a los misterios del sino, y si no hay sino que no valga. Quizás nos encontremos en cada reidura; mientras tanto, el señor es testigo de mis lloridos. El señor mi vecino, digo.
Siempre te estaré sentimientando.
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Aunque hoy no puedas entenderlo, el día adecuado, que no es mañana, sí. Estás destinado a hacer una cosa -hizo el gesto con un dedo-, sólo una, grandiosa.
Así dijo, y no necesitó poner intriga en sus ojos, que casi parecían amarillos.
-Al cabo se dedica a eso -me justifiqué, y así sostuve la voluntad de olvidar el asunto, con poco éxito en tramos significativos que parecieron dejar ver una trama, un cierto empujar de los acontecimientos a favor de lo pautado. O impuesto?
Hice cosas, como todo el mundo, por pagar los impuestos de habitar el mundo y para pasar el tiempo. Fui corretero, conserje, albañil esporádico y pintor cuando todavía puede subir escaleras, comerciante de montos nimios, buscador de objetos perdidos y un largo etcétera que llenó mis días de común intrascendencia. Promotor de zambullidas y calibrador de falacias una que otra navidad. Como en doble fatalidad, los hechos iban dejando ver una segunda trama que contradecía a la anterior pareciendo combatirle, y era mustia y desangelada.
Aún no sabía qué era lo que me estaba esperando como acto final, llamémosle redentor o lógico con la misma convicción.
Lo supe después. Lo sé hoy, que me retiro, y que todo cierra, y los hechos se engarzan como cuentas.
Sé lo que me estaba vedado saber y a la vez se se me mostró, reconozco la voz de aquella mujer en la multitud de sucesos, acato la autoridad de los hechos y puedo ver claramente lo que los caprichos quisieron negar.
No, al final la pitonisa me cuenteó nomás.
Encima me sacó plata, flor de sinvergüenza había sido.
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Nomás andaba paveando que me encuentro una tristeza, y la junté, y me la traje conmigo.
A pocos pasos, un miedo, y, más allá, un entusiasmo.
Les albergué, paternal e insuficiente, en el regazo y también me los traje.
Cayó del peteribí un desconsuelo y fue a parar a la bolsa, pegado a ensoñaciones no tan vanas recogidas a la vuelta de la avenida, cerca de cuando iba.
Sin haber aún llegado, a la vera estaba una alegría en la esquina, que, y por ocioso, también la arrejunté en el montón, para que no esté ahí sin causa ni cauce. Me pareció que llamara.
Entre gratas y no tanto, se fueron amontonando.
Ahora tengo emociones encontradas.
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Una noche -a esto se lo ha ocultado-, Borges soñó, como tantas veces, que veía.
El sueño se le empezó a hacer largo; tanto, que le ocupó la vigilia. Vio.
Lloró, al principio, por la emoción; luego con fastidio, porque las lágrimas le impedían mirar otra cosa que a sí mismas, entonces aquietó el ánimo.
Ya era el último tercio de la segunda mitad de su vida, a la cual había tramitado entre sombras amarillas.
Hete aquí que ahora, cuando escuchaba o decía cosas
que le parecían
muy hermosas, cerraba
los ojos,
cual bandoneonista o como culpable.
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Cerca de las siete cayó un meteorito al fondo de la Tablada, con gran estruendo.
Venían amenazando desde hace rato con asteroides definitivos, año por año en fechas capicúa, hasta que nadie creyó. Ahí fue que fue. Que vino, primero el primero.
Imaginate el trueno mas grande que recuerdes y multiplicalo por diez. Bueno, asi.
Fue de inmediato retrucado por un grito de festejo que se ramificó bajando por la San Martín, y cuatro ladridos. Creí identificar réplicas voceadas cerca del bodegón de la terminal y unas ya casi inaudibles por el barrio Salto. Serían las siete.
No terminaron de apagarse los ecos de los ecos y cayeron dos cuerpos extraños más; uno esta vez con fuego y otro con zumbido, que dejó un pozo del tamaño de un dinosaurio en la 1º de Mayo.
Esta vez los sapucais arreciaron, se escucharon risas, ya hubo gurisada en la calle y fueron contestados los eventos con un par de cohetes. Se escuchó un "Uh batata!" en la zona de lo de Zarza y pusieron cumbia en la esquina. Las luces vacilaron, y más sapucai por cada apagón.
De los perros no sé, porque uno no sabe cuándo se quejan o festejan, pero ahí estaban, con sus novedosos guau guaus. Yo justo estaba cambiando la garrafa.
Ya era todo un caer árboles, bolas de fuego y polvo, una familia completa pasó volando, estruendo sobre estruendo y la tierra tragando tierra desde la calle Guarumba. "Wipu!" por cada cosa.
La familia voladora pasó a las risas corrida por ondas expansivas y en su pasar se le hizo chistes como "Adónde va tan apurado" o cosas así, y pareció ser la consigna "Por cada golpe, diez sapucais". Las familias volantes se multiplicaron como el fuego y el fuego como el festejo.
No sé cómo habrá sido por ahí, pero, lo que es acá, el fin del mundo ni se sintió. Lo último que se escuchó fue un "Wiru!" después de un "Áubrr!" y antes del más completo silencio.
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Mañana voy a comprar un pan.
Ya lo tengo planeado, resuelto y medido, y tengo los recursos.
Lo comeré con té y abundante azúcar materna.
Decirlo me hizo feliz, saborearlo, presentirlo, preparar el cuerpo para el goce.
Iba a comprar dos, pero uno es el que me importa: el primero, de mañana a las diez. Quizás, de sobrevivir entre esta noche y mañana, lo postergaré hasta las doce, por presumir.
Siete pesos me subieron la estima, me dieron poder, me hicieren simpático y desdeñoso, me corrió sangre que no sabía que estaba. Pensé en cosas como que no todo era tan grave, que siempre se abría una ventana. Se acortó la noche.
Paladeé ese pan, por anticipado, que comí a las once, con una taza llena de té azucarado. Recordé cuentos de hambruna rusa, naturalistas, admiré mis costillas, una por una, consideré la fortaleza del cuerpo detrás de los límites y de cómo animaliza el desamparo.
No habilita el hambre a sacar conclusiones poéticas ni las justifica.
Comí pan, uno entero, de como cien gramos, de cabo a rabo, despacio; se me calentó el alma. Estuvo todo lo posible en el pan.
Mañana se verá. Morir pero no completamente, fortalece.
Seré agradecido, prometí, pero con el tiempo se me olvidó.
No así el sabor del pan, que sabe a pan en cada pan, y en la palabra pan. El gusto a lágrima que tiene el pan cuando es ansiado -y cuando no, igual- no se me olvida.
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Encontré, con sorpresa, que el cine estaba abierto. A plena luz de vidriera y adentro, el Libertad, la puerta semiabierta por lo frío.
Hoy, cerca de la noche.
Te mataré, me óies? te mataré!!, se oía detrás de las vaivén de madera. No lo hagas!, contestaba otro, y unos tiros. Como siempre.
Como siempre si fuera uno siempre niño.
Pueden ver en el registro fotográfico que venden pororó en el mismísimo quiosco.
Qué raro, en cuarentena, gente amontonada compartiendo aire..., pensé, y asomé la cabeza embarbijada. O tapaboqueada.
Un señor gris, flaco, de bigotes y con chaleco, respondió, después de la pregunta ¿Está abierto? que quedaba bajo mi responsabilidad entrar o no, sin contestar la pregunta. Olía a madera lustrada y rebotaba un murmullo; los objetos, de tungsteno coloreados, no proyectaban sombra.
Pasa que nos agarró la cuarentena aquí dentro, explicó, y no vimos conveniente ni se nos permitió salir. -Dios mío. Y aquí estamos, meta ver películas desde.... Cuándo era..? No sé, dije, ya aturdido por el espanto.
Se nos agotaron todas las latas -latas?- y revisitamos a Bruce Lee dieciocho veces, unas de Disney que eran novedosas y desempolvamos algo de James Bond de cuando el Libertad se fundó. Pero se agotaron. -Dios mío. Ahora estamos mirando una de sexo casi explícito, que era de las prohibidas en los setenta... Parece ginecológica. Y qué más hacen? Comemos pororó, y vuelta a mirar películas. Las mismas, una y otra vez. Así estamos.
Quiere pasar? invitó, con tono de amenaza. La puerta chirrió.
Alcancé a escuchar ¡Te mataré, me óies??, mientras huía.
No olvidaré el rostro de uno que asomó, como pidiendo ayuda, detrás de la puerta vaivén y que lo volvieron a meter, sus ojos lastimados.
Y uno se queja.
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Hola, no, venía a reclamar al Universo.
No, resulta que hace un par de décadas o más pedí unos deseos y los dejé, confiado. Lancé, no sé cómo se dice.
Bueno, que así me dijeron, que los ponga y lo olvide y que coseche sus resultados.
Sí, yo a la confianza la puse y al deseo también. Hay testigos. Sí, sí, también me dispuse anímicamente.
Capaz son tres las décadas.
Bueno, eso, que no pasa nada: que no soy rico ni bello y la que te dije se envejeció a mi mismo ritmo, y ni bola.
No, lo de millonario no me llegó.
No se escucha bien.
No, quería saber cómo va eso, porque acá yo estoy moribundo, y nada. Me habían dicho que había que tener ganas, y tuve.
Sí, esperar esperé, si no hice otra cosa. Si por eso le llamo.
Ah, que no le puse actitud y disposición, claro.
Y sí, qué descuido. Yo creo que disposición sí, capaz que me faltó sacar pecho pero bueno.
No, yo pensé que tenía que olvidar el asunto expectante y a brazo abierto. Claro, era a medias, olvidar pero como que no. Para mí eso es expectante. Sí, ahora entiendo. Tarde pero entiendo.
No, no hay problema, muchas gracias por la amabilidad.
Qué va a hacer, otra vez será, no?
Pero no por favor.
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Ignacio Comparín, autor de El Aleph
En su obra "José Campodónico, autor de El Aleph", Comparín, autor chajariense, miente que Campodónico lo habría escrito, y que, en haciéndolo, habría querido parafrasear a Borges, quien citó a un falso Menard con el mismo o similar objetivo pero ejercido sobre Cervantes. Cuando, en realidad, lo hizo él, pero se solapó, por intenciones que veremos, escudado en el inocente Campodónico.
Campodónico fue defendido, blanda y tardíamente por Varini, ocupado más en asientos contables y en fabular abolengos de cuestionable italianedad, y el tema, por desinterés, fue fagocitado por el olvido.
La tesis de Comparín, doble o triplemente embozada, y quizás hasta lo insondable, apuntaba a poner en aprietos al hecho literario mismo, queriendo decir que, al cabo, no hay texto original.
O, más atrevido, que no hay sino sólo uno, que fue la primera palabra.
Ya más, dijo que solamente hubo el primer sonido que quiso dejar de ser gutural y que, de ahí en más, todo fue repetir, con exitosa o desangelada melancolía y ociosa variedad.
Se le cuestionó a Comparín, por contradictoria, la asociación entre éxito y melancolía, mas, cínico y pragmático, invocó al poder de lo eventual y a su indudable pregnancia en las cosas que hacen a las cosas de cada día.
Se armó un leve tole tole, reservado para gente ociosa y mínima, que duró menos que la eternidad que se le pretende al amor y las cuestiones siguieron pasando, independientes de cómo se las escriba.
La vida de Comparín no fue mayormente puesta en juicio ni motivo de festejo, y no por prolija sino por intrascendente.
No se le asentó quesoportara con inmaculada paciencia a gentes que le parecieron infatigablemente tontas, ni que le gustara todo.
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Será que me judiaban los gurise. Me cazaban para la joda y de más me hostigaban porque era flaco y pequeño. Mequetrefe, piojo, que esto, que lo otro.
Un día decidí tomar el toro por las astas y aprender que había allí una lección, una enseñanza.
Estudié karate.
Me volvieron a cagar a azotes, con cinturón negro puesto y todo. La laciada que me dieron.
No importa; seré próspero, dije, y me hice emprendedor.
No va que cae la cuarentena. La peor crisis económica de la Historia? Bueno, esa. Todavía la estoy peleando, hay que tener paciencia.
El arte me salvará, me convencí. Me puse y una vez me salió un caballo casi igualito, todo en lápiz. Ahora además de alfeñique me dijeron vago, y casi me cazan otra vez.
Escalé montañas: no le encontré al hecho aplicación existencial útil.
Una vuelta conocí un maestro espiritual. Me dijo "Mira, ¿sabes? Todo es mente, no lo olvides". No lo olvidé ni tampoco supe qué puta hacer con esa frase. 🤌
Empecé a hacer fisiculturistmo y a experimentar con el asunto de los cuencos tibetanos. Es medio aburridor pero encontré una nueva vida interior. Si le sumo las asanas ni te digo.
Ya tengo 87, no sé ni para qué era el empeño.
Acá estoy, bien, y todos me saludan: Ue, don Piojo!
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El envenenador celoso
Guido de Siena pudo haber sido destacado prestidigitador de pigmentos, pero se le adelantó Cimabue y le dejó sin fama antes de terminar un refectorio con vírgenes púrpuras en la bóveda.
En aquellos tiempos había que ser rápido, porque en menos que te dabas cuenta te morías. Miralo a Masaccio, que a los 27 quedo boquiabierto, habiendo tenido que revolucionar a los pedos la perspectiva. Igual se murió. No sabemos si siquiera alcanzó a enamorarse.
"Ah, sì, hai rivoluzionato molto ma sei morto lo stesso", comentó con sorna Sandro Dalla Salerno en el velatorio, según cuenta Vasari en ´Historia de las artes de mucho antes del S. XX´: "Ah, sí, revolucionaste mucho pero te moriste igual".
Así de feroces competían, por, tal vez, así de feroz ser la escasez vital.
Hablan de fugacidades actuales? Me río: no saben lo que era entonces, que un dolor de muelas te llevaba al cajón y aún sin dolor te morías como viejo a los 40. Ingratos contemporáneos.
La cuestión es que Guido quedó tempranamente desamparado y sin recursos, por lento. Tauro con ascendente en tauro y luna en tauro: no tenía chances de llegar muy lejos en el XIII, fecha larga pero de urgencia. "La vida es larga y las horas son tan cortas", decían, parafraseando por anticipado y mal a Borges. "una oscura maravilla nos acecha". El mar, ese otro mar.
Pero tonto no era como para no darse cuenta de que persistir era vano cuando el fracaso se instala confortable, así que se consiguió otro trabajo. No lo consiguió: se lo dieron, y se hizo envenenador de nobles, contratado por la curia, y encontró vocación mejor.
Así como era de desganado lo era de meticuloso, con lo que rápidamente ganó prestigio y se hizo reputación buena.
El sicario medieval era dedicado y eficaz, cuidadoso de detalles y, a su modo -lento- apasionado.
Sus conocimientos de alquimia le ayudaron: cocinar sulfuros en catacumbas sombrías le servía tanto para hacer azules cuanto para, ahora, matar.
Diremos, con la tranquilidad que da la distancia, que no le podríamos considerar malo. Que era, como hoy, un empujado por los acontecimientos.
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De la pulsión de vida y otras cuestiones
Resulta que agarré para lo de la Bety, a la vuelta, que vendía de todo. Quiosco decía, pero tenían lo que pidieras, desde goma de borrar hasta fiambre; lo que le pedías, tenían. Más de las cuatro eran.
Lo de la Bety decía, pero la que atendía era más la Fany. Como estaba toda la familia y el negocio adelante uno no sabía bien, pero averiguando parece que era de la Fany, una entrada más.
Mayormente compraba pepas, pero después dejé, porque tienen mucha azúcar y después de la tercera es como comerse una bolsa de Ledesma refinada.
Pero algo había que comprar y siempre se me ocurría. Bueno, doblé por lo Croattini, me ladró el perro de detrás del portón de los que no sé el apellido, tropecé en la canaleta del taller, lo de siempre. Cebollas, ya había pensado, y algo se me iba a ocurrir; mirando a uno se le ocurre qué pedir, eso es lo bueno de poner cosas en la estantería. Cerrado, dice. Qué raro. Bueno, me vuelvo, capaz que más tarde. Quién sabe, habrán ido al camping. Volveré a las cinco. En el camino me cruzo con Ayala, que venía en bicicleta y pronuncia una E larga. Le envidio la alegría. Le comento el asunto e intercambiamos vaguedades. Vuelvo a tropezar en el taller, me ladra el perro otra vez, doblo a la derecha, pica el sol.
/A quien haya llegado hasta aquí se le avisa que no va a pasar nada, que todo va a seguir así./
Entonces preparo unos mates mientras pienso que se está por acabar la garrafa. La Playadito ya fue. Lo del calefón que gotea se verá. Se verá gotear. Qué bárbaro, reflexiono, uno no alcanza a hacer unos trámites que ya el día se fue... No me entretengo mucho con la cuestión de la voracidad del tiempo y suena un mensaje.
Ah, ya sé quién es, pienso.
Domingo no abre la farmacia, no?
No, no era: esta vez la
Bueno, mañana ser otro día. Qué raro lo de la Fany. Habrán salido. Y así tantas aventuras.
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Están en auge los contadores de anécdotas. Se dan particularmente en ámbitos futboleros y mediáticos, y, por extensión, que nace de imitación de lo deseado, en el mundo externo a aquellos. No por casualidad lo inauguraron cóppola. Veira, Castaña, etc., que se juntaban y era un "Perá, cuchá esta" interminable seguido de un Jajanooo de igual porte. No es novedoso y es predominantemente masculino (en el más funesto sentido) y dado a de cincuentones para arriba. Debería tocarme, pero, por no disfrutar de la costumbre, por carecer de chispa y por no tener qué contar, presenté resistencia al mandato tanto cuanto pude. No tan fácil me fue la evitación de la escucha. No me quejo: a cada quien según su gusto y de todo algo se aprende.
El mecanismo discursivo más habitual consiste en la enumeración de objetos y datos que preparan el cuento. "Colectivo. Palermo. Pleno invierno. Manos agarrando el asiento. Cae el gordo en Juncal y Callao. Mina de este lado; mina del otro". Siempre hay un gordo y hay "minas" y la interrupción de un Nooo y un Jaja que son interrumpidos por un Pará cuchá esta, y sigue.
Al caso extremo de estos casos me tocó oírlo, ya que no escucharlo, por acá nomás, en una situación que no voy a describir protagonizada por gente que no voy a nombrar pero suponte, por ordenar, que se llamaba el gordo Tapia.
Empezó a contar, según la tesitura habitual, algo que le había pasado y que debía ser singular.
Arrancó: Santa Ana. Verano, Agua. Doblecaseteras. Cumbia. Playa.
Para ponerse en situación bastaba, pero Tapia siguió: Toalla. Sánguche. Galimberti intendente. Caída del sol. Culona. Gurises.
Ya viene, decíamos.
Árboles. Un eucaliptus derecho y uno torcido. Palmeritas. Matorral. Bote. Bosque. Una lancha.
Y el asunto sin resolver: Carpa amarilla. Camioneta. Gringo. Cabeza. Ojota azul. Bidón con jugo.
Ya cansados, los interlocutores nos fuimos yendo, ahítos de inconclusión, y ahí quedo Tapia enumerando: Arena. Piedra. Bajadita. Llegada. Regreso. Tropezón. Perro. Causa. Efecto. El riserío. Dedos de los pies. Sol. Luna. Ampolla. Pedo. Foto. Pelota. Correntina. Churrasquera. Colorado. El olor de la lavanda. Nube. Casa. Barranca. La Nora. El Esteban.
Ahí debe estar todavía, inventariando el mundo.
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La zona roja tenía, después de todo, su encanto para quien pudiera soportarlo o no supiera otra cosa.
No era ninguno de los casos el mío, que estaba nomás por las bolas de fraile que vendían en la estación, ya llegando el sol y cayendo las miasmas de una noche que de rojo tenían mucho pero también de azul y negro, y de otros colores. Pero una cosa era condición de la otra.
Entre las 23 y las 7 había transpiración, asesinos elocuentes, mujeres en convenido cotidiano suplicio y niños ladrones de poxirán a cambio de no ser vejados pero sí. Para mí era más azul que roja, y caras con mucha luz.
Ya me habían asaltado cuatro veces y el dueño del polirrubros, mi patrón, me trajo su manera de terminar con el asunto. Con esta le das por la espalda, dijo, poniendo no sé si una 38 bajo el exhibidor de la ventana; mínimo tres. De tirarlo por ahí yo me encargo, lo hablo con Gómez. Gómez era policía, uno de los que me invitó a morir por negarle cerveza a las cuatro y tenía camisa habanera.
Para mí sostener un arma era como agarrar un cuis.
Al final me quedé sin trabajo.
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Un joven discípulo le pregunta a su maestro: Maestro, dónde está la verdad?
El maestro le dice Ve hasta el mercado y encontrarás un anciano que lleva un burro con trastos encima. Y eso hizo.
Maestro, el anciano con un burro cargado con trastos no me dijo nada. Ve al bosque y busca una piedra gris que en su panza tiene un dibujo en forma de espiral, le indicó el maestro. Y eso hizo.
Maestro, encontré la piedra pero no la verdad, dijo el discípulo a su maestro, dónde está?
Busca en el centro de la ciudad de Haaknur una fuente que mana agua de color cobrizo y bébela, dijo el maestro, y eso hizo el discípulo.
Volvió al otro día el discípulo y le dijo al maestro que de agua estaba saciado pero de la verdad ni noticias.
Así lo tuvo como cincuenta años, al trote de acá para allá y sin novedad, porque ni idea tenía y se ve que estiaban bien al pedo los dos.
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Se nos dio a que eligiéramos el Dios que quisiésemos, para que rija lo que nos tocaría vivir. Que así funcionaba.
¡Dador de lo que le pida!, dije con prontitud y sin dudar ni pensarlo. Particularmente sin pensarlo.
Una dijo -alcancé a escuchar- Tonante y castigador, otra pidió que decidiese por ella, un hombre flaco pidió uno que le guíe por el camino del bien y une de género impreciso dijo Que sea lo que Dios quiera en este momento, poniéndoles en paradoja y aprieto a los querubines burocráticos y administrativos.
A propósito de estos, uno se me rió amenazante y canchero:
-Capaz que te faltaron detalles -comentó el rubicundo.
Y capaz -y vaya si sí- tuvo razón, ya que estuve parco en salvedades. Por ejemplo, que no fuese aquel literal y que esperase a que le pidiera de manera clara y manifiesta.
Hoy mi vida es un tormento. Recibo cosas que no pedí y que pedí sin querer, continuamente, y todavía me quedan como cuarenta años. No quiero ni abrir la boca, sin que sea eso suficiente, ya que hasta el silencio es interpretado.
La próxima voy a ser más específico.
Canto, mientras tanto, por no penar tanto, coplitas.
Ay ay ay penita y pena
Penita te estoy penando
Tum tum
Por la ladera del cerro
Penita te estoy cantando Tum tum
Allá abajo no me quieren
Arriba nadie me espera
Tengo que seguir cantando,
penita, por la ladera.
Tum tum
Tum
tum
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Dicen, yo no sé, que cayeron hojas.
No soy quién para desmentirlo, y algunas faltaron en el árbol.
Lo cuento en verano, cuando sobran. y compiten en croma.
Que algunas no estaban, que se tiraban al piso no se supo si moribundas o festejantes.
A mí me resulta celebrar lo otoño cuando no está, por eso lo cuento.
Que bailaban cayendo, que había uno que esperaba el verano. Será que poetizan.
Si acaso cayeron, cayeron nada más, que para eso están. Que picó la nariz y que soplaba un viento en la costilla. Me río: mirá si iba a ser, que unos añoraban la primavera y el rojor veraniego, que no supieron que hacer cuando lo verde vino y su sopor, que estaban amando a medias cuando el tiempo cambió, que hubo una brisa deseada y que cantaban chicharras, que se puso colorada la piel. Dijeron después, que se le encendieron las partes, que querían aun sin ganas, que se les dio por celebrar cualquier cosa o tumbarse, por hablar de insectos, por apurarse, por el agua. Que se le pusieron los muslos más gordos, los hombros más atrás, el aire menos, que caían hojas anaranjadas en marzo, de una a una. Será que hablan.
A mí, qué querés que te diga, no me consta, y menos eso de lo de tiritar de cuando era gris azulado todo en agosto y el cuerpo temblaba buscándose cual bicho bolita.
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La leyenda de cururú ñaró.
Ñaró era como cualquiera: croaba y comía mosquitos, iba de agua en agua y tenía sus cuevas, cantaba canciones de melancólico folclore. Lo que hace un anuro. Sin sobresaltos.
Bueno, sí, con saltos, que era su modo de desplazamiento.
Soportaba que le dijeran glo glo, cucucú, roc roc, con entendida paciencia. Así de infantiles son los humanos, comentaba, y, si se ponían muy atrevidos, les meaba y asunto terminado; ahí se iban los gurises llorando y las madres a apañarles y los padres a difundir ignorancias: con la autoridad que da usar bermudas color ombú decían que eran venenosos y que esto y que lo otro.
Viene un día una y lo besa. Sería en el patio de un castillo medieval.
Parece ser que alguien anduvo boconeando que, bien besado, el sapo se hacía humano noble y rico, y las casaderas y los casaderos meta babosearles, como si ya no suficientemente húmedos estuvieran.
Como no estaba en el ánimo del sapo ser otra cosa ni aunque quisiera, el resultado era previsible y la perplejidad se hacía desencanto e insistencia.
El sapo se agremió, dispuesto a combatir la invasión.
Resulta ser que aquella superstición no distinguía géneros, suponiendo que todos los sapos eran varones y que en tales devendrían, por lo que tanto sapos cuanto sapas eran objeto de sujetos humanos amorosamente destemplados e interesados. Despechados y despechadas empezaron a apedrearles, diciéndoles de tener tratos con brujería, no más que porque rehuían al beso humano y no concedían a hacerse no sapos. Algunes se pintaron los labios y anduvieron los batracios doblemente humillados por feos y por el ácido carmínico.
Por lo tanto llamémosle Gloglogló decidió, por preservarse, tomar medidas y su espíritu otrora manso se hizo bravo.
Los bracitos se le hicieron más chuecos y la mirada amenazante. Dejó de curar el dolor de muelas con su panza fría, no musicalizó más los finales de lluvia ni puso ritmo a los comienzos veraniegos de cuando se vuelve por el costado del puente. Los cuidadosos del clima hicieron conjeturas.
Huidizo y taciturno, se puso a juntar pastos y cantar despacito. Tuvo tres hijos y al mayor de nombre le puso Grimm. Éste más tarde se ofendería, por adolescente, pero ya es otro cuento.
De mí podrán decir lo que quieran pero nunca mordí a nadie, fue su último comentario.
Del libro Historias de naturaleza para niños tontos, Editorial Pájaro Punzó
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La ratita corajuda.
Por causa de amor mezclado con cobardía y atrevimiento, el ratón -que, por pequeño, era un lapso- mandó mensaje a la roedora en un panadero. Escribió cosas pequeñas en la semilla y sopló, en dirección adonde la avenida baja, y le puso intención y olvido. A esto se le llama confianza.
El frágil flamígero emplumado bajó -qué otra cosa iba a hacer- movido por isobaras, en la panza el mensaje (necesariamente breve) hasta la ventana.
Vio la ratita corajuda a un insólito panadero hamacarse en vaivén al abrir, como diciendo algo, la ventana, pero no diciendo nada, y, a la vez que fastidiada y con esperanza, le sopló diciéndole "Traeme pan para mañana". y, obedeciendo al soplido, la pequeña medusa de aire voló, con dirección de atrás y motivo de volver, ahora cuesta arriba, estimulada por lluvias.
El frágil, agenérico y veleta emisario tuvo que remontar la San Martín, todo desplumado y con sensación de haber perdido el tiempo.
Perá, que esto es cosa de un ratito, dijo el ratito, y aprontaba unos mates.
Roía la amada -que, por amada, tiene que ser al menos presumida sino pretenciosa o con interés- unos papeles mientras de que el ratón vanamente encocorado pensaba estrategias menos volátiles.
Si hubiera sido al menos humano o parecido a pez, tiraba una botella al mar..., pensó. Son, dijo, los submarinos de más amar.
Del libro Historias de naturaleza para niños tontos, Editorial Pájaro Punzó
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Gente de más de treinta diciendo cosas como "Desde que nacemos nos implantan ideas, dogmas, lo que te dijeron que eras..." (dezde que nazemos noz implanta nideaz) -y bueno, ahí viene el cuento de la religión, la escuela, la historia, etc- y lo dice como novedoso. Además de apenarme y de querer salir de esa conversación y su insólita astucia, pienso que sí, que claro, pero que este no va a salir ni a guascazos si tan grandulón considera importante repetir esa huevada y combatir con enemigos que no se molestan en considerarlo como tal y piensa seguir. Falta que diga que no fue conquista sino invasión, que ya sabíamos en jardín. 500 años tiene, señor! Quién quiere le diga quién es usted para que deje de autoreferirse desesperado y mudo. No te lo va a decir nadie, porque a nadie le importa. Se lo digo, si quiere, así deja de fastidiar. Tiene usted la edad de la humanidad más la de su documento; le parece esto insuficiente como para tener que recomenzar un pensamiento acabado y resuelto hace siglos? Es decir, hace un rato, en disquisición de locos que cuentan la misma cosa y con el mismo tono. Si usa la palabra matrix o rebaño sólo espero que bale o rebuzne para sincerar la disertación de una vez
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Dice una ley no escrita que adonde fuera que fueses y por muy furtivo que quieras ser, habrá al menos uno de Chajarí viéndote.
Sé de un par a los que les consta, pero chismoso uno no es.
Así, el chajariense promedio fue quedándose quieto y abreviando aventuras, por no que le cacen, o fabulándose de otro departamento más reposado -que tampoco se nombrará, pues que a decir nada usando palabras hemos venido y no a denunciar- o desapareciendo.
Con el tiempo, y por favorecer la trampa o aplacar el descuido, el chajariense fue negando su origen y su identidad, diciéndose de Federal o Concordia, y nombrándose Aarón fuera de sus territorios, cuando era descubierto por otros chajarienses, que también estaban diciendo no ser oriundos y llamándose a sí mismos Hakim o Gwendolyn y poniendo cara del otros.
Así fue que Chajarí terminó por desaparecer como institución y geografía cuando el territorio de ardides se redujo a su propia comarca.
Una comarca de extraños, donde todos juraban ser de otro lado, de tal modo que Villa Libertad dejó de tener pertinencia. Con I.
El único que se salvó fue el jactancioso, y, a esta altura, nostálgico y tenido por mentiroso, Luis Capeletti, quien fue encerrado por loco en una ciudad que sí existía. Voz predicante en el desierto aseguraba que existió la Iglesia Santa Rosa.
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Por bueno ý trabajador fue al paraíso. En el paraíso había paraísos y nubes, querubines, santos, algunos conocidos y pajaritos y mariposas. Mayormente no había mucho que hacer, así que entre charlar un poco, caminar entre algodones y sentarse en montículos vaporosos se le fueron unos años. Y otros y otros, que se hicieron décadas y siglos. Le empezó a agarrar cono un mareo, en parte por pérdida de la conciencia del tiempo y en parte por el aburrimiento. Aburrimiento marca Cañón. Al cabo fue miedo, un miedo atroz por pensar en que la eternidad le amenazaba con un alucinante futuro de dormir y levantarse y pasear por ahí entre gente bondadosa. "No te arredres. La ergástula es oscura, la firme trama es de incesante hierro, pero en algún recodo de tu encierro puede haber un descuido, una hendidura", le dijo un viejito que iba pasando. El viejito había estado contento porque ahí recuperó la vista, pero también se había entrado a cansar de tanta carencia de tole tole. Esto no es lo que querías?, le reprendió un administrador gordito y barbado ante el reclamo. Cuándo?, dijo, ya ni sabiendo si había ansiado algo ni qué era esa sensación ni pudiendo a esta altura diferenciar entre sujeto y objeto; sólo le acompañaba una inespecífica zozobra. Se le acabaron los temas de conversación y se fue quedando mudo y primitivo.
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Con este hostigamiento el señor te quiere indicar que debes ser más humilde.
Humilde? Más todavía? Pero si debajo de mí no hay nada ni nadie...
Sí, pero eres de boconear, hijo, y eso al señor no le agrada. Te haces el cocorito a menudo.
Es mi único capital, jetonear al viento.
El viento es de dios!
Es un decir; al aire, a la nada.al vacío donde nadie escucha, y, de hacerlo, no le interesa.
Dios te escucha, y sólo te escucha bravuconear.
No tendrá el tal señor mejor cosa que hacer que ponerse a alinear a un perdido?
Lo ves? estás siendo soberbio y destemplado.
Pero qué querés; no tengo chances en el mundo y me aprietan desde el más allá.
Las tienes, pero no las ves. Debes humillarte, y no lo has hecho. Apocar tu ya apocado Yo hasta lo miserable.
Bueno. Eso qué me garantiza?
Una eternidad de humillación, hijo.
Me estás cagado; humillación no es lo mismo que humildad.
No discutas, que tú no inventaste las palabras.
No me estás ofreciendo más que perpetuidad en lo que conozco.
Cállate, impío. No discutas, que tú no inventaste las palabras y estás siendo cocorito otra vez.
Más o menos de esta desafortunada suerte continuó la reyerta hasta caída la tarde de lo eterno.
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Habilito dentro de mí cierto frescor.
Les pongo a las palabras a decir que lo hacen.
Las pongo en seis. Para que horaden y evoquen, para que digan de cuestiones más grandes que las que para las que han sido llamadas y para lo que cualquiera estaba dispuesto. Las pongo juntas, para que hablen. Dicen que habilitan un frescor.
A que digan, como arbitrarias y azarosas, de lo fresco, que cuenten de lo verde, de cómo renace lo imprescindible una noche.
Caprichosas, solamente evocan un frío innecesario, que ni buscaba, pues que diciendo frescor hablaba de lo contrario. Las palabras
ni saben de qué
hablaba uno.
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