Cap. I
Me voy al patio, a cultivar mi papa plantada a desgana. La planté porque estaba moribunda como tal y manifestaba brotar, tiraba tentáculos blancos como diciendo alguna cosa de vivir y la puse en un agua y más tarde en un barro cocido ventral y después a que se arregle entre pastos vastos al costado de un costal cerca de un alambre detrás del cual hay un mundo al que presumo en espejo disconforme y desafinado. Qué se puede esperar de un vegetal gris: lo dejé, a que engorde si quiere, que repte, que ponga verdes si le gusta, que se multiplique, ya no es cosa mía... Algo parecido hizo, y le tiré agua, a ver qué hacia, y puso verdes anchos y reptó. Yo no más por estar, que otra cosa iba a hacer. Se embarazó de sí misma y se puso lustrosa, dejó que le cayeran nutrientes, abrió lo que parecieron brazos, se puso imperialista y pareció que hablara y me pareció que escuchase, que se envioletara, que dependiera mi zona lumbar de su devenir ya indetenible; heme aquí, yo, co...